La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Por eso, cuando puso el pie en el estribo del coche, protegida por la bóveda de hierro que sobre su cabeza formaban, de orden de Barnave, los fusiles y las bayonetas de los guardias nacionales, sobrecogióla un desvanecimiento que la hizo temer su caída en tierra.
Pero como sus ojos estuviesen a punto de cerrarse, en aquella última mirada de angustia en que todo se percibe, parecióle ver ante ella aquel hombre terrible que en el castillo de Taverney había levantado, para satisfacer su deseo, de una manera tan amistosa el Velo del porvenir; aquel hombre que vio de nuevo una sola vez al regresar de Versalles el 6 de octubre; aquel hombre, en fin, que no se presentaba sino para pronosticar las grandes catástrofes o la hora en que se realizarían.
¡Oh!, entonces fue cuando sus ojos, que vacilaban aún después de asegurarse de que no la engañaban, se cerraron al fin; profirió un grito, dejándose caer inerte e impotente ante aquella siniestra visión.