La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Parecióle que la tierra le faltaba bajo los pies; que aquella multitud, aquellos árboles, aquel cielo ardiente, aquel palacio inmóvil, todo, en fin, giraba a su alrededor. Unos brazos vigorosos la cogieron, y sintióse llevar en medio de los gritos incesantes, de las vociferaciones y de los clamores. En aquel momento creyó oír las voces de los guardias, que procuraban atraer sobre sí la cólera del pueblo para desviarla de su verdadera pendiente. Abrió un instante los ojos y vio a los guardias de corps arrancados del pescante; Charny, pálido y hermoso, luchando solo contra diez hombres, con el brillo del mártir en los ojos, con la sonrisa desdeñosa en los labios. Desde Charny su mirada se fijó en el hombre que la llevaba en medio de aquel inmenso torbellino y reconoció con terror al misterioso personaje del castillo de Taverney y de Sevres.

—¡Vos, vos! —exclamó, tratando de rechazar sus manos rígidas.

—¡Sí, yo —murmuró aquel hombre a su oído—; te necesito aún para impulsar a la monarquía a su último abismo; pero te salvo!…

Esto era ya más de lo que la reina podía soportar; profirió un grito y se desvaneció realmente.

Entretanto la multitud trataba de hacer pedazos a los señores de Charny, de Malden y de Valory, y de llevar en triunfo a Drouet y a Billot.


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