La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Cuando la reina volvió en sí se encontró en su alcoba de las Tullerías.
A su lado estaban las señoras de Misery y de Campan, sus dos damas predilectas.
Su primer grito fue para preguntar por el delfín.
Este último estaba acostado en su lecho, teniendo a su lado a la señora de Tourzel, su aya, y a la de Brunier, su camarera.
Aquella seguridad no bastó a la reina; levantóse al punto y con su traje en desorden, tal como estaba, corrió a la habitación de su hijo.
El niño había tenido mucho miedo y llorado desesperadamente; pero sus angustias se calmaron después, y ahora dormía, aunque ligeros estremecimientos agitaban si sueño.
La reina permaneció largo tiempo con los ojos fijos en él, mirándole a través de sus lágrimas.
Las terribles palabras que aquel hombre le había dicho en voz baja resonaban continuamente en sus oído «Te necesito para impeler a la monarquía hasta su último abismo, y he aquí por qué te salvo».
¿Conque era verdad? ¿Debía ser ella la que impulsase la monarquía hacia el abismo?
