La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Preciso era que fuese así, puesto que sus enemigos velaban por su vida, confiando en ella para llevar a cabo la obra destructora que realizaba mejor que ellos mismos.
¿Se cerraría el abismo después de ser precipitados en él el rey y el trono? ¿No se debería arrojar en él también a sus dos hijos? ¿No era la inocencia, en las religiones antiguas, lo que desarmaba a los dioses?
Cierto que el señor no había aceptado el sacrificio de Abraham; pero sí permitió que se consumase el de Jefté. Sombríos pensamientos eran estos para una reina, y mucho más para una madre.
Al fin, moviendo la cabeza, volvió a su habitación con pasos lentos.
Allí pensó en el desorden en que se hallaba. Sus ropas estaban arrugadas y rasgadas en varios sitios; sus zapatos, agujereados por los guijarros puntiagudos que pisó, y, en fin, toda ella estaba cubierta de polvo. Pidió otros zapatos y un baño. Barnave había ido a preguntar dos veces por ella. Al anunciarle aquella visita, la señora de Campan miraba con asombro a la reina.
—Le daréis gracias afectuosamente, señora —dijo María Antonieta.
La señora de Campan miró con más asombro aún.