La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Se pretende que debéis la vida a los señores Pétion y Barnave. ¿Es verdad esto? ¿Deberé también al segundo este nuevo favor?
—Es verdad, señora, y estoy doblemente agradecido al señor Barnave, pues no habiendo querido separarse de mà hasta que estuviera en mi habitación, ha tenido la bondad de manifestarme que habÃais hablado de mà durante el camino.
—¡De vos, señor conde! ¿Y de qué manera?
—Manifestando al rey la inquietud que vuestra antigua amiga debÃa experimentar también respecto a mi ausencia… Disto mucho de creer, como vos, señora, en la viveza de esas inquietudes; pero…
El conde se interrumpió, porque le parecÃa que la reina, pálida ya, comenzaba a estarlo mucho más.
—Pero… —repitió la reina.
—Pero sin aceptar en toda su extensión, continuó Charny, la licencia que Vuestra Majestad tenÃa intención de ofrecerme, me parece que, en efecto, tranquilizado como estoy ahora respecto a la vida del rey, a la vuestra, señora, y a la de vuestros hijos, serÃa conveniente que diese noticias mÃas a la condesa de Charny por mà mismo.
La reina apoyó su mano izquierda sobre su corazón, como si hubiera querido asegurarse que no habÃa muerto, del golpe que acababa de recibir, y con voz casi ahogada por la sequedad de su garganta, replicó: