La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señora —dijo Charny—, muy pronto hará seis años que vos misma, cuando yo no pensaba ya, porque no existÃa en la tierra para mà más que una mujer colocada por Dios a demasiada altura que yo pudiese aspirar a ella, seis años hace, repito, que me disteis por esposa a la señorita Andrea de Taverney, imponiéndomela como tal. Desde entonces mi mano no ha tocado la suya dos veces, ni la he dirigido la palabra sin necesidad sino en raras ocasiones, y sin que se encontrasen nuestras miradas. Mi vida entera estaba ocupada y llena de otro amor, con esas mil solicitudes, con esos afanes y luchas que agitan la existencia del hombre. He vivido en la corte, he recorrido los grandes caminos, he anudado por mi parte, con el hilo que el rey quiso confiarme, la intriga gigantesca que la fatalidad ha hecho fracasar. Ahora bien, yo no he contado los dÃas, ni los meses, ni los años, y el tiempo ha transcurrido tanto más rápido cuanto más ocupado estaba en todos esos afectos, en todas esas solicitudes, en todas esas intrigas de que acabo de hablar; pero no ha sucedido asà con la condesa de Charny, señora. Desde que tuvo el sentimiento de separarse de vos, después de sufrir la desgracia de ocasionar vuestro desagrado, vive sola, aislada, perdida en esa casita de la calle de Coq-Héron; ha aceptado esa soledad, ese aislamiento y ese abandono sin quejarse, pues como su corazón está exento de amor, no necesita los mismos afectos que las demás mujeres; pero lo que no aceptarÃa sin quejarse serÃa el olvido de mis deberes respecto a ella, de los deberes más simples, de las más vulgares conveniencias.