La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Creo que la reina es injusta conmigo —dijo Charny—. En el momento de abandonar a ParÃs, creà dejarle por largo tiempo, si no para siempre. Y durante mi viaje hice humanamente cuanto es posible para que tuviera buen éxito. No es culpa mÃa, recuérdelo bien Vuestra Majestad, que no haya dejado como mi hermano, mi vida en Varennes, o que me hayan hecho pedazos, como al señor de Dampierre, en el camino o en el jardÃn de las TullerÃas… Si yo hubiera tenido la dicha de conducir a Vuestra Majestad hasta más allá de la frontera, o el honor de morir en su servicio, habrÃa muerto sin ver otra vez a la condesa…; pero, lo repito a Vuestra Majestad, de vuelta a ParÃs no puedo dar a la mujer que lleva mi nombre —y únicamente vos sabéis cómo le lleva, señora— la más cruel prueba de indiferencia, como serÃa la de no visitarla, puesto que mi hermano Isidoro no puede ya reemplazarme. Por lo demás, el señor de Barnave se ha engañado, o esta era aún anteayer la opinión de Vuestra Majestad.
La reina dejó deslizar su brazo sobre el sillón, e inclinó el cuerpo hacia delante, de modo que le acercaba a Charny.
—¿Tanto amáis a esa mujer, caballero —dijo—, que no vaciláis en ocasionarme frÃamente tan amargo pesar?