La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Y he aquí que de improviso, en el momento en que la pobre joven, aislada, llegaba a encontrar a su hijo, volviendo a ser madre, he aquí que alguna cosa como una aurora de amor aparecía en su horizonte, triste y sombrío hasta entonces. Pero ¡coincidencia extraña, que probaba que la felicidad no debía ser para ella! Estos dos acontecimientos se combinaban de tal manera que el uno anulaba el otro, y que inevitablemente, la vuelta del esposo alejaba el amor del niño, atendido que la presencia de este mataba el amor naciente del marido.

He aquí lo que Charny no podía adivinar en aquel grito escapado de la boca de Andrea, en aquella mano que le rechazó, y en aquel silencio lleno de tristeza, después del grito tan semejante a un grito de angustia, aunque se debía al amor, y en aquel movimiento que se hubiera creído inspirado por la repulsión, y que tan sólo era hijo del temor.

Charny contempló un momento a Andrea con una expresión que no hubiera podido engañar a la joven, si hubiese mirado a su esposo.

Charny suspiró, y reanudando la conversación donde la había dejado, preguntó a Andrea:

—¿Qué debo contestar al Rey, señora?

La joven se estremeció al oír aquella voz, y después, fijando en el Conde sus ojos claros y límpidos, contestóle:


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