La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Caballero, he sufrido tanto desde que estoy en la corte, que como la Reina ha tenido la bondad de consentir en mi marcha, he aceptado la despedida con agradecimiento. No he nacido para vivir en el mundo, y siempre encontré en la soledad, sino la dicha, por lo menos el reposo. Los días más felices de mi vida son los que pasé cuando niña, en el castillo de Taverney, y más tarde, aquellos en que viví retirada en el convento de San Dionisio, cerca de la noble hija de Francia a quien llamaban, señora Luisa. Pero con vuestro permiso, caballero, habitaré este pabellón, lleno para mis recuerdos que, a pesar de lo tristes, no dejan de tener alguna dulzura.

A esta petición de Andrea, Charny se inclinó, como hombre dispuesto, no solamente a ceder a su ruego, sino también a obedecer a su orden.

—¿Con que así, señora —dijo—, es una resolución adoptada?

—Sí, caballero —contestó Andrea con dulzura, aunque no sin firmeza.

Charny se inclinó de nuevo.

—Y ahora, señora —dijo—, tan sólo me resta preguntar una cosa, y es si me será permitido visitaros aquí.

Andrea fijó en Charny sus grandes ojos claros, de ordinario fríos en su expresión, pero esta vez, por el contrario, llenos de asombro y de dulzura.


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