La Condesa de Charny
La Condesa de Charny «Si me ocurriese alguna desgracia, se ruega al que encuentre este papel, que lo envíe al conde Oliverio de Charny, o bien a la condesa».
La reina se detuvo por segunda vez, y continuó: «La he recibido de esta última, con la recomendación siguiente:».
—¡Veamos la recomendación! —murmuró la reina.
Y se pasó de nuevo la mano por los ojos.
«Si el conde tuviese buen éxito y no sufriera ningún percance en la empresa que acomete, devuélvase la carta a la condesa».
La voz de la reina era cada vez más ansiosa a medida que leía.
Y prosiguió:
«Si estuviese herido gravemente, pero sin peligro de muerte, rogarle que conceda a su esposa la gracia de reunirse con él».
—¡Oh es claro! —balbuceó la reina.
Y con voz casi ininteligible, prosiguió:
«En fin, si estuviese herido de muerte darle esta carta, y si no pudiera leerla él mismo que se la lean, a fin de que antes de expirar conozca el secreto que contiene».
—Vamos, ¿lo negaréis ahora? —exclamó María Antonieta, fijando en el conde una mirada de fuego.
—¿El qué?