La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Dios mío… que os ama!…

—¿Que la condesa me ama?… ¿Qué me decís, señora? —exclamó a su vez Charny.

—¡Oh!, ¡qué desgraciada soy, digo la verdad!

—¡La condesa me ama! ¡Imposible!

—Y ¿por qué? ¡Bien os amo yo!

—Pero si la condesa me amase, me lo hubiera dicho hace seis años, o al menos, me lo habría dado a conocer.

Para la pobre María Antonieta había llegado el momento en que sufría tanto, que experimentaba la necesidad de sepultar su padecimiento en lo más profundo del corazón como si fuera un puñal.

—No —exclamó—, nada os ha dejado ver, ni os ha dicho una palabra; pero si ha procedido así es porque sabe muy bien que no puede ser vuestra esposa.

—¿La condesa de Charny no puede ser mi esposa? —repitió Oliverio.

—Es que ella sabe muy bien —continuó la reina, embriagándose en su propio dolor—, que hay entre vosotros dos un secreto que mataría vuestro amor.

—¿Un secreto que mataría nuestro amor?

—¡Es porque sabe muy bien que desde el momento en que hablara, la despreciaríais!

—¿Yo despreciar a la condesa?…

—A menos que no se desprecie a la mujer joven sin esposo y a la madre sin marido…


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