La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Charny fue ahora quien se puso pálido como la muerte y buscó un apoyo en el sillón más próximo a su mano.
—¡Oh!, señora, señora —exclamó—, habéis dicho demasiado o no lo bastante, y tengo derecho para pediros una explicación.
—¡Una explicación, caballero! ¿A mÃ, a la reina, pedir una explicación?
—Sà señora —contestó Charny—, y os la pido.
En aquel momento se abrió la puerta.
—¿Qué quieren? —preguntó la reina impaciente.
—Vuestra Majestad —contestó el ayuda de cámara—, dijo que siempre estarÃa para el doctor Gilberto.
—Bien… ¿qué?
—El doctor solicita audiencia para ofrecer sus respetos a Vuestra Majestad.
—¡El doctor Gilberto! —exclamó la reina—. ¿Estáis bien seguro de que es el doctor?
—SÃ, señora.
—¡Oh!, pues que entre entonces —dijo la reina.
Y volviéndose hacia Charny, añadió, elevando la voz: