La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señor Gilberto —replicó Charny, con un tono de cortesÃa y de dignidad—, ya oÃs lo que la reina ordena.
—¡Oh, señora, señora!… —murmuró.
Y volviéndose hacia Charny le dijo:
—Señor conde, lo que debo revelaros es la vergüenza de un hombre y la gloria de una mujer. Un desgraciado, un campesino, un mÃsero gusano, amaba a la señorita de Taverney. Cierto dÃa la encontró desmayada, y sin respeto a su juventud, a su hermosura y a su inocencia, el miserable la violó, y he aquà como la joven fue mujer sin esposo y madre sin marido… ¡La señorita de Taverney es un ángel! ¡La señora de Charny es una mártir!
—Gracias, doctor —dijo el conde.
Y dirigiéndose a la reina, añadió:
—Señora, no sabÃa que la señorita de Taverney hubiese sido tan desgraciada, ni tampoco que la señora de Charny fuese tan respetable. A no ser por esto, os ruego que creáis que no habrÃa dejado pasar seis años sin arrodillarme a sus pies y adorarla como merece ser adorada.
Asà diciendo se inclinó ante la reina estupefacta y salió, sin que la infeliz MarÃa Antonieta osara hacer un movimiento para detenerle.
Pero oyó el grito de dolor que habÃa proferido al ver la puerta cerrarse entre ella y él.