La Condesa de Charny
La Condesa de Charny A fuerza de tentativas, y a riesgo de ser aplastada veinte veces, consiguió franquear la verja; mas tal era la multitud que se apiñaba en el sitio donde el coche debía detenerse, que no se podía pensar en acercarse a las primeras filas.
Andrea reflexionó que desde el terraplén de la orilla del agua dominaría toda aquella multitud, aunque la distancia sería demasiado considerable para que pudiese distinguir nada en detalle, ni menos oír.
Pero, no importaba, aunque viese y oyera mal, esto valía más que no ver ni oír nada absolutamente.
Y subió al terraplén de la orilla del agua.
Desde allí, en efecto, veía el pescante del coche, a Charny y a los dos guardias; a Charny, que no sospechaba que a cien pasos del sitio donde se hallaba, un corazón latía por él con violencia; Charny, que en aquel instante no tenía probablemente un recuerdo para Andrea; Charny, que pensando tan sólo en la reina, olvidando su propia seguridad para atender a la de aquella.
¡Oh!, ¡si ella hubiera sabido que en aquel momento Charny oprimía su carta contra el corazón, ofreciéndole en pensamiento el último suspiro que se creía a punto de exhalar!
Al fin se detuvo el coche en medio de los gritos, las vociferaciones y los clamores.