La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Andrea vio pasar el carruaje y profirió un ruidoso grito de alegrÃa, pues acababa de reconocer a Charny en el pescante.
Un grito que se hubiera tomado por el eco del suyo, si no hubiese sido de dolor, la contestó.
Andrea se volvió hacia el lado de donde procedÃa: una joven forcejeaba entre los brazos de tres o cuatro personas caritativas que se apresuraban a prestarla auxilio.
ParecÃa presa de la más violenta desesperación.
Tal vez Andrea hubiera fijado más su atención en aquella joven, si no hubiese oÃdo murmurar en su derredor toda clase de imprecaciones contra los tres hombres que venÃan sentados en el pescante del coche del rey.
Sobre ellos recaerÃa la cólera del pueblo; ellos serÃan los emisarios de aquella gran traición real, e indudablemente los harÃan pedazos apenas se detuviera el coche.
¡Y Charny era uno de aquellos tres hombres!
Andrea resolvió hacer todo cuanto pudiera a fin de penetrar en el jardÃn de las TullerÃas.
Mas para esto era preciso costear la multitud, volver por la orilla del agua, es decir, por el muelle de la Conferencia, y entrar en el jardÃn, si la cosa era posible, por el muelle de las TullerÃas.
Andrea se dirigió hacia la calle de Chaillot y llegó al muelle.