La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Yo aborreceros! —exclamó Andrea.
Y a su vez, en sus ojos tan lÃmpidos y serenos brilló un doble relámpago.
—¡Oh!, caballero, serÃais muy injusto si tomarais por odio el sentimiento que me inspiráis.
—Pero, en fin, si no es odio ni amor, ¿qué es, Andrea?
—No es amor, porque no me está permitido amaros. ¿No me habéis oÃdo exclamar hace un momento que era la mujer más desgraciada de la tierra?
—Y ¿por qué no se os permite amarme, cuando yo os amo con todas las fuerzas de mi corazón?
—¡Oh!, he aquà lo que no quiero, he aquà lo que no puedo, he aquà lo que no me atrevo a deciros —contestó Andrea, retorciéndose los brazos.
—Pero ¿y si otra persona —replicó Charny, dulcificando más aún su voz— me hubiese dicho lo que no queréis, ni podéis, ni osáis decirme?
Andrea apoyó sus dos manos en los hombros de Charny.
—¿Cómo? —exclamó con espanto.
—¿Y si yo lo supiera? —continuó Charny.
—¡Dios mÃo!
—¿Y si considerándoos más digna y más respetable por esa desgracia misma; y si al saber ese terrible secreto hubiera decidido venir a deciros que os amaba?