La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Si hubierais hecho eso, caballero, serÃais el más noble y más generoso de los hombres.
—¡Os amo, Andrea —repitió Charny—, os amo con toda mi alma!
—¡Ah! —exclamó Andrea, levantando los brazos al cielo—, ¡no sabÃa, Dios mÃo, que pudiera haber semejante alegrÃa en este mundo!
—Pero a vuestra vez, Andrea, decidme que me amáis —exclamó Charny.
—¡Oh!, no me atreverÃa; pero leed esa carta que debÃan entregaros en vuestro lecho de muerte.
Y presentó al conde la carta que habÃa traÃdo. Mientras que Andrea se cubrÃa el rostro con ambas manos, Charny rasgó el sobre de la carta, leyó las primeras lÃneas, dejó escapar un grito, y cogiendo las manos de la condesa las aplicó a su corazón.
—Desde el dÃa en que me has visto, desde hace seis años —exclamó—, ¿cómo te amaré yo lo bastante para hacerte olvidar lo que has sufrido?
—¡Dios mÃo! —murmuró Andrea, doblegándose como una carga bajo el peso de tanta felicidad— si esto es un sueño, no me despierte jamás, o que muera al despertar…
Y ahora olvidemos a los que son felices, para volver a los que sufren, que luchan o que odian, y tal vez su mal destino les olvidará como nosotros.