La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Desde entonces, la vida de Roland se convierte en una vida de estudio y de trabajo; la economía es su musa; el comercio, el dios que le inspira; viaja, recopila, escribe memorias sobre la cría de ganado y teorías sobre las artes mecánicas: las Cartas de Sicilia, de Italia, de Malta; el Hacendista francés, y las otras obras citadas ya, que manda copiar a su mujer, con la cual se casó, como ya hemos dicho, en 1780. Cuatro años después hace un viaje con ella a Inglaterra; a su regreso la envía a París para solicitar cartas de nobleza, y pedir la inspección de Lyon en vez de la de Rouen. En esto último obtiene buen resultado; pero en cuanto a las cartas de nobleza no consigue su objeto. He aquí a Roland en Lyon, perteneciendo, a pesar suyo, al partido popular, hacia el cual, por otra parte, le impelían sus instintos y sus convicciones. Ejerce el cargo de inspector de comercio y de fábricas en Lyon cuando la revolución estalla, y en aquella nueva aurora regenerativa, él y su mujer sienten germinar en el corazón esa hermosa planta de hojas de oro y flor de diamante que se llama entusiasmo. Ya hemos visto cómo madame Roland escribe el relato de la fiesta del 30 de mayo, cómo el diario que la publicó hizo una tirada de sesenta mil ejemplares, y cómo cada guardia nacional que vuelve a su pueblo, a su aldea o a su ciudad, lleva consigo una parte del alma de madame Roland.



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