La Condesa de Charny
La Condesa de Charny No; todas esas mujeres amaban santamente; todos aquellos hombres con ardimiento: Lucila y Camilo Desmoulins, Danton y su Luisa, la señorita de Keralio y Roberto, Sofía y Condorcet, Vergniaud y la señorita Candeille. Hasta el frío y mordaz Robespierre, cortante como la cuchilla de la guillotina, sintió su corazón derritirse en ese gran foco de amor, pues adoró a la hija de su patrón, el carpintero Duplay, con el que le veremos trabar conocimiento.
Y ¿no era también amor, menos puro, ya lo sé, el de madame Tallen, el de madame Beauharnais, el de madame de Genlis, y todos esos amores cuyo soplo consolador rozó hasta en el cadalso el rostro pálido de los moribundos?
Sí, todo el mundo amaba en aquella bienaventurada época; y tómese aquí la palabra amor en todos los sentidos: los unos amaban la idea; los otros la materia; estos la patria, aquellos el género humano. Desde Rousseau, la necesidad de amar habría ido en aumento, y hubiérase dicho que se debía coger todo amor al paso; que al acercarse a la tumba, al abismo, todo corazón palpitaba bajo un soplo desconocido, apasionado y devorador; y, en fin, que cada pecho comunicaba su aliento al foco universal, y que este último se componía de todos los amores reunidos en uno solo.