La Condesa de Charny
La Condesa de Charny ¡Aquellos eran corazones antiguos! Por eso he pensado que serÃa agradable para mis lectores, después de todos los tumultos y de las pasiones que acaba de atravesar, reposase un momento a la sombra fresca y pura de la belleza, de la fuerza y de la virtud.
Que no se diga que hacemos de madame Roland una mujer diferente de lo que era, casta en el taller de su padre, casta junto al lecho de su viejo esposo, casta junto a la cuna de su hija. A esa hora en que no se miente, escribÃa frente a la guillotina: «He dominado siempre todos mis sentidos, y nadie conoció menos que yo la voluptuosidad».
Y que no se haga de la frialdad de la mujer mérito de su honradez, no; el tiempo a que hemos llegado es un tiempo de odio, pero también una época de amor. Francia daba el ejemplo; pobre, cautiva, aprisionada largos años, ahora se desataban sus cadenas para devolverle la libertad. Asà como MarÃa Estuardo, al salir de su prisión, hubiera querido depositar un beso en los labios de la creación entera, reunir la naturaleza en sus brazos y fecundarla con su aliento, para que naciese la libertad del paÃs y la independencia del mundo.