La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Recibió la carta en uno de esos días calurosos en que la electricidad corre por el aire, en que los corazones más fríos se animan, y en que el mismo mármol medita y se estremece. Había llegado ya el otoño, y sin embargo, el cielo anunciaba una furiosa tempestad.

Desde el día que vio a Bancal, alguna cosa desconocida se despertó en el corazón de la casta mujer; este corazón se había abierto, y como del cáliz de una flor salió un perfume, mientras que un canto, dulce como el de las avecillas en el fondo del bosque, susurraba a su oído. Hubiérase dicho que la primavera comenzaba para su imaginación, y que en el campo desconocido que entreveía detrás de la bruma que le interceptaba aún, la mano del poderoso maquinista a quien llaman Dios preparaba una decoración nueva llena de bosquecillos odoríferos, de frescas cascadas, de prados llenos de sombra y de espacios iluminados por el sol.

No conocía el amor, pero sí, como todas las mujeres, le adivinaba; comprendió el peligro, y con lágrimas en los ojos, pero risueña, sentóse junto a una mesa, y sin vacilar, sin rodeos, escribió a Bancal, mostrándole, pobre Clorinda herida, el defecto de su armadura, confesando su debilidad, y a la vez matando del mismo golpe la esperanza que podía inspirar.

Bancal lo comprendió todo, no habló más de reunión, pasó a Inglaterra y allí permaneció dos años.


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