La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Entretanto, Roland ejercía su misión de apóstol; catequizaba en excursiones de inspector a los campesinos del país, y excelente andarín, con su palo en la mano, aquel peregrino de la humanidad iba de norte a mediodía, de este a oeste, sembrando a su paso a derecha e izquierda, delante y detrás, la palabra nueva, la simiente fecunda de la libertad. Bancal, sencillo, elocuente, apasionado, a pesar de su exterior frío, era para Roland un auxiliar, un discípulo, un substituto, y ni siquiera le ocurrió al futuro colega de Clavières y de Dumoiriez que Bancal pudiese amar a su esposa y que esta le correspondiera. Desde hacía cinco o seis años, Lanthenas, muy joven aún, estaba cerca de la mujer casta, laboriosa, sobria y pura, como un hermano junto a su hermana. ¿No era madame Roland, su Juana, la estatua de la Fuerza y de la virtud?
Por eso Roland quedó muy contento cuando a la carta que acabamos de transcribir, Bancal contestó con otra muy afectuosa y que expresa sincero cariño. Roland la recibió en Lyon, y envióla inmediatamente a La Platière, donde se hallaba su esposa.
—¡Oh!, no me leáis a mí, sino a Michelet, si por un simple análisis queréis conocer a esa mujer admirable que llama madame Roland.