La Condesa de Charny
La Condesa de Charny ¡Oh, soberbia hija de MarÃa Teresa!, ¿quién os hubiera dicho, el dÃa que os consagran reina de los franceses, que iba a llegar un momento en que, oculta detrás de la puerta de la habitación de vuestra camarera, esperarÃais estremeciéndoos de temor y de esperanza a un abogadillo de Grenoble, vos, que habéis hecho esperar tanto a Mirabeau sin dignaros recibirle más que una vez?
Pero no hay que engañarse; la reina espera a Barnave con un interés tan sólo polÃtico; en su respiración ansiosa, en sus movimientos nerviosos, en aquella mano que tiembla al rozar la llave, el corazón no entra para nada, y sà tan sólo el orgullo interesado.
Decimos el orgullo, porque a pesar de las mil persecuciones de que el rey y la reina son blancos desde su vuelta, es evidente que la vida queda libre, y que toda la cuestión se resume en estas pocas palabras: «¿Perderán los fugitivos de Varennes el resto de su poder, o reconquistarán el que han perdido?».
Desde aquella noche fatal en que Charny salió de las TullerÃas para no volver más, el corazón de la reina ha dejado de latir. Durante algunos dÃas se ha mantenido indiferente a todo, hasta a los ultrajes; pero poco a poco ha echado de ver que habÃa dos puntos de su poderosa organización por los cuales vivÃa aún, el orgullo y el odio, y ha vuelto en sà para odiar y para vengarse.