La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Ah!, señora, ¿no sabéis lo que es en este momento Francia a los ojos de las naciones? ¡Francia, con algunos crímenes individuales, con varios excesos en la localidad, pero que no manchan su blanco traje ni tampoco sus manos puras, es la virgen de la libertad; el mundo entero está enamorado de ella, y desde los Países Bajos, desde el Rhin y desde Italia, millones de voces la invocan! Le basta poner un pie fuera de la frontera, para que los pueblos la esperen de rodillas. ¡Francia, llegando con las manos llenas de libertad, no es ya una nación, es la justicia inmutable, es la razón eterna! ¡Oh!, señora, señora, aprovechad el momento en que aún no ha hecho uso de la violencia; porque si esperáis demasiado tiempo, las manos que extiende sobre el mundo las volverá contra sí propia… Bélgica, Alemania, Italia, siguen sus movimientos con miradas de amor y de alegría. Bélgica le dice: «¡Ven!». Alemania, «¡Te espero!», e Italia, «¡Sálvame!». En el fondo del Norte, una mano desconocida ha escrito sobre el pupitre de Gustavo: «¡Nada de guerra con Francia!». Por lo demás, ninguno de esos reyes a quienes llamáis en vuestro auxilio está dispuesto a declararnos la guerra, señora. Dos imperios nos aborrecen profundamente, y al decir dos imperios debiera decir una emperatriz y un ministro: Catalina II y Pitt; pero son impotentes contra nosotros, por lo menos ahora. Catalina II tiene la Turquía bajo una garra y Polonia bajo la otra; pero necesitará dos o tres años por lo menos para someter a la una y devorar a la otra; impulsa a los alemanes hacia nosotros, les ofrece la Francia, censura la inacción de vuestro hermano Leopoldo, mostrándole al rey de Prusia invadiendo la Holanda por un simple enojo contra su hermana, y le dice: «¡Marchad adelante!», mas no obedece. Pitt absorbe la India en este momento; pero así como a la serpiente boa, su laboriosa digestión le entorpece; si esperamos a que concluya de hacerla nos atacará a su vez, mas no por la guerra extranjera, sino por la guerra civil. Sé que ese Pitt os infunde un miedo mortal, y que no habláis de él sin temblar; pero yo puedo proponeros un medio para que le hiráis en el corazón. Consiste en hacer de Francia una buena república con un rey; pero en vez de esto, ¿qué hacéis, señora, y qué hace vuestra amiga la princesa de Lamballe? Dice a Inglatera, donde os representa, que toda la ambición de Francia es llegar a obtener la gran Constitución, y que la revolución francesa, reprimida por el rey, retrocederá. Y ¿qué contesta Pitt a esto? Que no tolerará que Francia llegue a ser república y que salvará a la monarquía; mas todas las caricias, todas las instancias, todas las súplicas de la princesa de Lamballe no han bastado para hacerle prometer que salvaría al monarca, porque le odia. ¿No es Luis XVI, rey constitucional, rey filósofo, quién le disputó la India, arrancándole la América? Pitt no desea más que una cosa, y es que haga sufrir a Luis XVI la suerte de Carlos I.


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