La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Gilberto tiró del cordón, abrióse la puerta, y se halló en el oscuro y húmedo pasadizo, en cuya extremidad, erguida como una serpiente sobre su cola, elevábase la escalera, sucia y resbaladiza.

Gilberto cerró la puerta con cuidado, y a tientas pudo llegar hasta los primeros escalones.

Cuando hubo franqueado seis, se detuvo.

Un débil resplandor, a través de unos vidrios empañados, indicaba que la pared estaba perforada en aquel sitio, y que la oscuridad, aunque muy densa, era menos sombría fuera que dentro.

A través de aquellos vidrios, por sucios que estuvieran, veíanse brillar las estrellas en un claro del cielo.

Gilberto buscó el pestillo que cerraba la vidriera, abrióla, y por el mismo camino que había seguido ya dos veces, bajó al jardín.

A pesar de los quince años transcurridos, el jardín estaba tan presente en la memoria de Gilberto, que todo lo reconoció: árboles, platabandas, y hasta el ángulo donde el jardinero ponía su escalera.

Ignoraba si en aquella hora de la noche las puertas estarían cerradas, y si el señor de Charny estaría con su esposa, o, a falta de él, algún criado o doncella.


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