La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Resuelto a todo para encontrar a Sebastián, estaba, sin embargo, decidido a no comprometer a Andrea sino en el último extremo, y hacer ante todo cuanto pudiera para verla sola.

Primeramente probó la puerta del pórtico, la cual cedió apenas hubo oprimido el botón.

Esto le hizo pensar que, no estando la puerta cerrada, Andrea no debía estar sola.

A menos de estar muy preocupada, la mujer que habita sola en un pabellón, no se descuida en cerrar la puerta.

La empujó suavemente y sin ruido, muy satisfecho de tener aquella entrada libre como último recurso.

Franqueó los escalones del pórtico, y corrió para mirar por aquella persiana que, quince años antes, abriéndose de improviso bajo la mano de Andrea, le dio un golpe en la frente aquella noche en que, con los cien mil escudos de Bálsamo en la mano, fue a solicitar de la altiva joven su mano de esposa.

Esta persiana era la del salón, iluminado en aquel momento.

Pero como las vidrieras tenían cortinillas, era imposible ver nada en el interior.

Gilberto continuó su examen.

De improviso parecióle ver oscilar en la tierra y en los árboles un ligero resplandor que llegaba de la ventana abierta.


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