La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Esta ventana era la de la alcoba, y Gilberto la reconoció también, pues por allí sustrajo el niño que hoy iba a buscar.

Se apartó, a fin de salir del rayo de luz proyectado por la ventana, y poder, perdido en la oscuridad, ver sin ser visto.

Llegado a una línea que le permitía penetrar con su mirada en el interior de la alcoba, vio primero la puerta del salón abierta, y después, en el círculo que recorrían sus ojos, un lecho.

En él se hallaba una mujer, rígida, destrenzada, moribunda; sonidos roncos y guturales, como el estertor del que agoniza, se escapaban de su boca, interrumpidos de vez en cuando por gritos y sollozos.

Gilberto se acercó lentamente, costeando la línea luminosa en que no quería entrar por temor de ser visto.

Y acabó por apoyar en la ventana su pálida frente.

Ya no había duda para Gilberto: aquella mujer era Andrea, y estaba sola.

¿Pero por qué sola? ¿Por qué lloraba?

Gilberto no podía saber esto sin preguntar.

Entonces fue cuando, sin ruido, franqueó la ventana y encontróse detrás de ella, en el momento en que aquella atracción magnética a que Andrea era tan accesible, la obligó a volverse.


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