La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Grandes deseos tuvo de correr a las salas para volver con uno a toda costa, pero temÃa abandonar al herido, pensando que, bajo la suposición de que estaba muerto, cualquiera, sin mala fe, cogiera el colchón y arrojara al patio al supuesto cadáver.
Pitou estaba allà hacÃa una hora, llamando a gritos a los dos o tres cirujanos que habÃa visto pasar, sin que ninguno le contestara, cuando divisó un hombre vestido de negro, acompañado de dos enfermeros, que visitaba, uno después de otro, a todos los pacientes.
Cuando más avanzaba hacia Pitou el hombre vestido de negro, más creÃa reconocerle; muy pronto cesaron sus dudas, y osando al separarse algunos pasos del herido para acercarse más al cirujano, gritó con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Eh!, ¡por aquÃ, señor Gilberto, por aquÃ!
El cirujano, que, efectivamente, era Gilberto, acudió a su voz.
—¡Ah!, ¿eres tú, Pitou? —exclamó.
—¡Dios mÃo!, sÃ, señor Gilberto.
—¿Has visto a Billot?
—¡Ah!, caballero, hele aquà —contestó Pitou, mostrando al herido siempre inmóvil.
—¿Ha muerto? —preguntó el doctor.
—¡Ay!, señor Gilberto, espero que no pero me parece que le falta poco para ello.