La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Gilberto se acercó al colchón, y los dos enfermeros que le seguÃan iluminaron el rostro del herido.
—¡Es en la cabeza, señor Gilberto —decÃa Pitou—, es en la cabeza!… ¡Pobre señor Billot, le han partido la cabeza hasta la mandÃbula!
Gilberto miró la herida con atención.
—Ciertamente que la herida es muy grave —murmuró.
Y volviéndose hacia los dos enfermeros, les dijo:
—Necesito una habitación particular para este hombre, que es amigo mÃo.
Los dos enfermeros se consultaron.
—No hay ninguna habitación particular —contestaron—, pero tenemos la roperÃa.
—¡Perfectamente! Llevémosle allÃ.
Se levantó al herido con todo el cuidado posible, mas a pesar de la precaución dejó escapar una queja.
—¡Ah! —exclamó Gilberto—, ¡jamás una exclamación de alegrÃa me ha satisfecho tanto como este suspiro de dolor! Está vivo, y esto es lo principal.
Billot fue conducido a la roperÃa; se le depositó en la cama de uno de los empleados, y después Gilberto procedió a la primera cura.
La arteria temporal habÃa sido cortada, resultando de ello una inmensa pérdida de sangre que habÃa producido el sÃncope, y este último, debilitando los movimientos del corazón, habÃa detenido la hemorragia.