La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La naturaleza se había aprovechado inmediatamente de esto para formar un grumo que cerró la arteria.
Gilberto, con una destreza admirable, ató desde luego la arteria por medio de una hebra de seda muy fina; después lavó las carnes para aplicarlas de nuevo sobre el cráneo, y entonces la frescura del agua, o acaso también algunos dolores más vivos ocasionados por la cura, hicieron abrir los ojos a Billot, que pronunció algunas palabras incoherentes.
—Ha habido trastornos en el cerebro —murmuró Gilberto.
—Pero, en fin —dijo Pitou—, desde el momento en que vive, vos le salvaréis, ¿no es verdad, señor Gilberto?
El doctor sonrió con tristeza.
—Trataré de conseguirlo, pero acabas de ver una vez más, amigo Pitou, que la naturaleza es un cirujano mucho más hábil que ninguno de nosotros.
Entonces Gilberto terminó la cura: cortados los cabellos en cuanto fue posible, el doctor acercó los dos bordes de la herida, sujetándolos con tiritas de diaquilón[44], y ordenó se tuviese cuidado de mantener al enfermo sentado, con las espaldas, y no la cabeza, apoyadas contra las almohadas.