La Condesa de Charny

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Solamente entonces fue cuando, hecha así la primera cura, el doctor preguntó a Pitou cómo había venido a París, y cómo hallándose en la ciudad se encontró tan a punto en el sitio donde podía socorrer a Billot.

La cosa era muy sencilla: desde la desaparición de Catalina y la marcha de su esposo, la madre Billot, a quien no hemos presentado nunca como mujer de carácter enérgico, había caído en una especie de idiotismo que iba siempre en aumento. Vivía, pero de una manera del todo mecánica, y diariamente algún nuevo resorte de la pobre máquina humana se desdentaba o se rompía; poco a poco sus palabras comenzaron a escasear; después acabó por no hablar ya nada, y el doctor Raynal declaró que tan sólo una cosa en el mundo podría sacar a la madre Billot de aquel entorpecimiento mortal: era la presencia de su hija.

Pitou se ofreció al punto para ir a París, o más bien, marchó sin ofrecerse.

Gracias a las largas piernas del capitán de la guardia nacional de Haramont, las dieciocho leguas que separan la patria de Demoustier de la capital no fueron para él más que un paseo.

En efecto, Pitou, que había salido a las cuatro de la madrugada, llegó a París entre siete y media y ocho de la noche.

Pitou parecía predestinado a ir a París cuando ocurrían grandes acontecimientos.


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