La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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La joven precedió a su amigo y le condujo a una reducida habitación con vistas a un jardín; una cocina pequeña y un gabinete tocador constituían todo el alojamiento de Catalina, y Pitou vio allí un lecho y una cuna.

El lecho de la madre y la cuna del niño.

Este último dormía.

Catalina descorrió una cortina de gasa y se apartó a un lado para que su compañero pudiese mirar.

—¡Oh, qué hermoso angelito! —exclamó Pitou, uniendo las manos.

Y como si hubiera estado, efectivamente, ante un ángel, se arrodilló y besó la mano del niño.

Muy pronto quedó recompensado de lo que acababa de hacer, pues sintió flotar sobre su rostro los cabellos de Catalina y dos labios aplicarse sobre su frente.

La madre devolvía el beso que se acababa de dar a su hijo.

—¡Gracias, buen Pitou! —dijo—. Nadie más que yo ha besado a la pobre criatura desde que recibió la última caricia de su padre.

—¡Oh, señorita Catalina! —exclamó Pitou deslumbrado y tembloroso, como si le acabasen de aplicar una chispa eléctrica.

Y sin embargo, aquel beso era simplemente la expresión de todo cuanto hay de santo y de todo el agradecimiento que puede haber en el corazón de una madre.


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