La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Dónde se halla? —replicó Andrea—. ¿Lo sé yo acaso?… Ha huido… le habéis acostumbrado bien a odiar a su madre.
—¿Su madre, señora? ¿Sois realmente su madre?
—¡Oh! —exclamó Andrea—. ¡Ve mi dolor, ha oÃdo mis gritos y contemplado mi desesperación, y aún me pregunta si soy su madre!
—¡Dios mÃo! —exclamó Gilberto—. ¿Dónde habrá ido?… El desgraciado no conoce ParÃs, y es ya más de la medianoche.
—¡Oh! —exclamó Andrea, dando un paso hacia Gilberto—, ¿creéis que le haya ocurrido algún percance?
—Ahora lo sabremos —dijo Gilberto— vos vais a decÃrmelo.
Y extendió su mano hacia Andrea.
—¡Caballero, caballero! —exclamó esta retrocediendo para sustraerse a la influencia magnética.
—¡Señora —dijo Gilberto—, no temáis nada; voy a interrogar a una madre sobre la suerte de su hijo…; para mà sois sagrada!
Andrea exhaló un suspiro, y cayó en un sillón murmurando el nombre de Sebastián.
—Dormid —dijo Gilberto—; pero ved por el corazón.
—Ya duermo —dijo Andrea.