La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Durante la noche del décimo al undécimo día, en el momento en que toda respiración parecía extinguirse en ella, la enferma se reanimó aparentemente, los brazos hicieron algunos movimientos, los labios se agitaron y abriéronse los ojos grandes y fijos.

Hubiérase creído que Catalina atraía hacia sí el alma de su madre; cuando entró con el pequeño Isidoro entre los brazos, la moribunda había hecho un movimiento para volverse hacia la puerta.

Sus ojos quedaron fijos en ella; al volver a la joven lanzaron un relámpago; la boca dejó escapar un grito y sus brazos se extendieron.

Catalina cayó de rodillas con su niño delante del lecho de su madre.

Entonces se produjo un fenómeno extraño: la madre Billot se incorporó sobre su almohada, extendió lentamente ambos brazos sobre la cabeza de Catalina y su hijo, y después, por un esfuerzo semejante al del hijo de Creso, exclamó:

—¡Hijos míos, yo os bendigo!

Y volviendo a caer sobre la almohada, sus brazos quedaron inmóviles y su voz se extinguió.

Había muerto.

Solamente sus ojos habían quedado abiertos, como si la pobre mujer, no habiendo visto bastante a su hija en vida, hubiera querido mirarla aún desde el otro lado de la tumba.


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