La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Y este recibió por recompensa una mirada de agradecimiento.
—La última oración —dijo la joven—, y vuelvo.
Catalina entró en el aposento de su madre.
Pitou la siguió de puntillas, pero detúvose en el umbral.
El ataúd estaba colocado sobre dos sillas en medio de la habitación.
Al verle Catalina se detuvo estremeciéndose y nuevas lágrimas corrieron de sus ojos.
Después se arrodilló delante del ataúd, apoyando en la madera su frente pálida por la fatiga y el pesar.
En la vÃa dolorosa que conduce al muerto desde su lecho de agonÃa hasta la tumba, su morada eterna, los vivos que le siguen tropiezan a cada paso con algún nuevo detalle que parece destinado a arrancar de los corazones doloridos hasta la última lágrima.
La oración fue larga; Catalina no podÃa separarse del ataúd; la pobre joven habÃa comprendido bien que desde la muerte de Isidoro no tenÃa más que dos amigos en la tierra: su madre y Pitou.
Su madre acababa de bendecirla; hoy estaba en el ataúd y mañana estarÃa en la tumba.
No es posible separarse sin dolor del penúltimo amigo, cuando este es una madre.