La Condesa de Charny

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Y salió.

En la puerta de la habitación de Catalina y en el momento en que esta iba a entrar, Pitou la detuvo.

La joven comenzaba a conocer tan bien a Pitou, que comprendió que este quería decirla alguna cosa.

—¿Qué hay? —preguntó.

—¿No os parece, señorita Catalina —balbuceó—, que ha llegado el momento de abandonar la granja?

—Yo no me marcharé hasta que mi madre esté fuera —contestó la joven.

Y pronunció estas palabras con tal firmeza, que Pitou comprendió que era una resolución irrevocable.

—Y cuando salgáis de la granja, ¿sabéis que hay una legua desde aquí a los sitios dónde estéis segura de ser bien recibida? Me refiero a la choza del padre Clouis y a la casita de Pitou.

El joven llamaba casa a su cuarto y su gabinete.

—¡Gracias, Pitou! —contestó Catalina, indicando con un movimiento de cabeza que aceptaría uno u otro de estos dos asilos.

Catalina entró en su habitación sin cuidarse de Pitou, que estaba seguro de encontrar siempre un asilo para la joven.

A la mañana siguiente, desde las diez, los amigos convocados para la ceremonia afluyeron a la granja.


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