La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Leed en mi pensamiento.
—¡Ah! SÃ, veo que vuestra intención es buena, y que quisierais hacerme bastante feliz, para que olvidara el mal que me habéis causado; pero yo rehusarÃa la dicha, si debiese proceder de vos. ¡Yo os odio, y quiero continuar odiándoos!
—¡Pobre humanidad! —murmuró Gilberto—. ¿Es tanta tu dicha, que puedas elegir aquellos de quienes debes recibirla? ¿Conque le amáis? —añadió.
—SÃ.
—¿Desde cuándo?
—Desde la primera vez que le vi, desde el dÃa en que regresó de ParÃs a Versalles en el mismo coche que la Reina ocupaba conmigo.
—¿Conque sabéis lo que es el amor? —murmuró tristemente Gilberto.
—Sé que se ha dado el amor al hombre —contestó Andrea—, para que tenga la medida de lo que puede sufrir.
—Está bien, ya sois mujer y también madre; diamante en bruto, os habéis modelado al fin en las manos de ese terrible lapidario que se llama dolor… Volvamos a Sebastián.
—¡SÃ, sÃ, volvamos a él! Prohibidme pensar en el señor de Charny, porque esto me perturba, y en vez de seguir a nuestro hijo, tal vez seguiré al Conde.