La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Mirad en el corazón del pobre niño, señora, y ved el mal que le habéis hecho.
—¡Oh! ¡Dios mÃo!… —murmuró Andrea—, perdón, perdón, querido mÃo.
—¿Sospechaba el señor de Charny que Sebastián estuviese aqu�
—No.
—¿Estáis segura de ello?
—SÃ.
—¿Por qué no se ha quedado?
—Porque el señor de Charny no se queda en mi casa.
—¿Pues para qué venÃa?
Andrea permaneció un momento pensativa, con los ojos fijos, y como si tratase de ver en la oscuridad.
—¡Ah! ¡Dios mÃo! —exclamó—. ¡Oliverio, querido Oliverio…!
Gilberto la miró con asombro.
—¡Oh! ¡Desgraciada de mi! —murmuró Andrea—, volvÃa a mÃ… y para permanecer a mi lado, rehusó aquella misión… ¡me ama, me ama!…
Gilberto comenzaba a leer confusamente en aquel drama terrible que él adivinaba el primero.
—¿Y le amáis vos? —preguntó.
Andrea exhaló un suspiro.
—¿Por qué me hacéis esta pregunta? —dijo Andrea.