La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Esto en política equivale a la inquietud. Excepto a Condorcet y Brissot, se podía preguntar a todos esos hombres: «¿Quiénes sois?».

En efecto, ¿en dónde estaban las antorchas y las lumbreras de la Constitución? ¿Dónde los Mirabeau, los Sieyès, los Duport, los Bailly y los Robespierre, los Barnave y los Cazalès? Todos habían desaparecido.

Sólo se veían en ciertos asientos perdidos entre aquella ardiente juventud algunas cabezas blancas.

Los demás representaban la Francia joven y viril, la Francia de cabellos negros.

Hermosas cabezas que la revolución debía cortar, y que casi todas fueron, en efecto, cortadas.

Por lo demás, ya se empezaba a sentir la guerra civil y se veía venir la extranjera; todos esos jóvenes no habían sido siempre diputados, sino combatientes; la Gironda, que en caso de guerra había ofrecido poner en la frontera a todos los que tuvieran de veinte a cincuenta años, enviaba una vanguardia.

En esta figuraban los Vergniaud, los Guadet, los Gensonné, los Fonfrede y los Ducos; era, en fin, lo qué debía llamarse la Gironda, y dar su nombre a un partido, el cual, a pesar de sus faltas, es aún simpático por sus desventuras.

Nacidos en la guerra, entraban de un solo salto como los atletas, respirando el combate en la arena sangrienta de la vida política.


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