La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Mira en torno suyo para ver si hay alguna puerta que dé al jardín; y como no hay ninguna, se dirige a la ventana, la abre, mira por última vez hacia el salón, salta por la ventana, y desaparece.

—Seguidle en la oscuridad.

—No puedo.

Gilberto se acercó a Andrea y pasó la mano por delante de sus ojos.

—Bien sabéis que no hay noche para vos —dijo—. ¡Ved!

—¡Ah!, ya le diviso corriendo por el pasadizo que costea la pared; llega a la puerta grande, la abre sin que nadie le vea, y se precipita hacia la calle Plâtrière… ¡Ah! Se detiene, y habla con una mujer que pasa.

—Escuchad bien —dijo Gilberto—, y oiréis lo que pregunta.

—Ya escucho.

—¿Qué dice?

—Pregunta por la calle de San Honorato.

—Sí, allí es donde vivo; habrá vuelto a casa y me espera. ¡Pobre muchacho!

Andrea movió la cabeza.

—¡No! —dijo con visible expresión de inquietud—, no ha vuelto… no… no espera…

—¿Pues dónde está entonces?

—Dejadme seguidle, o si no le perderé.


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