La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Oh! ¡Seguidle, seguidle! —exclamó Gilberto comprendiendo que Andrea adivinaba alguna desgracia.

—¡Ah! —exclamó—, ¡le vuelvo a ver, le vuelvo a ver!

—Bien.

—Entra en la calle de Grenelle y después en la de San Honorato; atraviesa, siempre corriendo, la plaza del Palais-Royal, y pregunta otra vez por dónde ha de ir; prosigue su carrera y llega a la calle de Richelieu… Ahora está en la de los Frondeurs… pasa a la nueva de San Roque… ¡Detente, niño, detente, desgraciado!… ¡Sebastián, Sebastián! ¿No ves aquel coche que viene por la calle de la Sourdiere? ¡Yo le veo, yo le veo!… Los caballos… ¡Ah!…

Andrea profirió un grito terrible y se puso en pie, con la angustia maternal pintada en su rostro, por donde corrían a la vez gruesas gotas de sudor mezcladas con lágrimas.

—¡Oh! —exclamó Gilberto—, ¡si le ocurre alguna desgracia, acuérdate de que esta recaerá sobre tu cabeza!


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