La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Ah!… —exclamó Andrea, respirando sin escuchar, sin oÃr lo que Gilberto decÃa—. ¡Dios sea loado! El pecho del caballo le ha empujado fuera de la lÃnea de las ruedas… cae, y está tendido sin conocimiento; pero no ha muerto… ¡Oh… no… no ha muerto… no… tan sólo se ha desmayado! ¡Socorro, socorro!… ¡Es mi hijo…, es mi hijo!…
Y profiriendo un grito desgarrador, Andrea volvió a caer casi desmayada en su asiento.
Por mucho que fuera el deseo de Gilberto de saber más, concedió a Andrea, palpitante, ese reposo de un momento, que tanto necesitaba.
TemÃa que, apurándola más, se le rompiese alguna fibra de su corazón, o que alguna vena se abriese en su cerebro.
Pero cuando creyó poder interrogar, preguntó:
—¿Qué más?
—Esperad, esperad —contestó Andrea—: Se ha formado un gran cÃrculo alrededor del muchacho. ¡Oh!, por favor, ¡dejadme pasar, dejadme ver!… ¡Es mi hijo, es mi Sebastián!… ¡Dios mÃo! ¿No hay entre todos vosotros algún cirujano o médico?
—¡Oh, corro allÃ! —exclamó Gilberto.