La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Esperad —dijo Andrea deteniéndole por el brazo—; he aquà la multitud que se aparta; sin duda es que viene el que han llamado, y al que esperan… ¡Venid, venid, caballero; bien veis que no está muerto y que se le puede salvar!
Y profiriendo una exclamación que parecÃa un grito de espanto, Andrea gritó:
—¡Oh, pobre de mÃ!
—¡No quiero que ese hombre toque a mi hijo! —gritó Andrea… ¡No es un hombre, es un enano, es un gnomo, es un vampiro!… ¡Oh, qué hediondo, qué hediondo!…
—¿Pero qué hay? —preguntó Gilberto.
—Señora, señora —murmuró Gilberto, estremeciéndose—, ¡en nombre de Dios, no perdáis de vista a Sebastián!
—¡Oh! —contestó Andrea con los ojos fijos, los labios temblorosos, y el brazo extendido—, estad tranquilo… ya le sigo, ya le sigo…
—¿Qué hace ese hombre?