La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Se le lleva… remonta la calle de la Sourdiere y entra en el pasadizo de San Jacinto; luego se acerca a una puerta baja entornada, traspasa el umbral, se agacha, y baja una escalera. Después coloca a Sebastián en una mesa, tendido a lo largo, en la cual se ve un tintero, pluma y papel de manuscritos; despoja al niño de su traje, levanta la manga de la camisa, le oprime el brazo con vendas que le trae una mujer, sucia y hedionda como él, abre un estuche, saca una lanceta, y dispónese a… ¡Oh, no quiero ver eso, no quiero ver la sangre de mi hijo!

—Subid y contad los escalones —dijo Gilberto.

—Ya los he contado; hay once.

—Examinad la puerta con cuidado, y decidme si hay en ella algo notable.

—Sí… una pequeña claraboya cuadrada, con un barrote en cruz.

—Está bien, esto es cuanto deseaba saber.

—Corred, corred… y le encontraréis donde os he dicho.

—¿Queréis despertaros desde luego y recordar, o preferís que no os despierte hasta mañana, para olvidarlo todo?

—Despertadme, desde luego, y que yo recuerde.

Gilberto pasó los dos pulgares sobre las cejas de Andrea, siguiendo su curva, sopló sobre la frente, y no pronunció más que esta palabra:


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