La Condesa de Charny
La Condesa de Charny No la guerra egoísta que declara un déspota para vengar un insulto hecho a su trono, a su nombre o al de uno de sus aliados, o para agregar una provincia a su reino o a su imperio; sino esa guerra que lleva consigo el soplo de vida; la guerra, cuyos clarines dicen allí donde resuenan: «¡Levantaos los que queréis ser libres, os traemos la libertad!».
Y, en efecto, el mundo comenzaba a oír un gran murmullo, que aumentaba y subía como el ruido de la marea.
Ese murmullo era el rumor de treinta millones de voces, que Brissot había traducido por estas palabras: «No esperemos a que nos ataque; ataquémosla».
Desde el momento en que un aplauso universal había contestado a estas palabras amenazadoras, la Francia era fuerte; no sólo debía atacar, sino que llevaba consigo la victoria.
Quedaban los detalles. Nuestros lectores han debido apercibirse de que es un libro de historia, y no una novela, lo que escribimos; nos toca, pues, exponer cuanto concierne a esta época, de que probablemente no volveremos a ocuparnos, y de la cual hemos ya tomado, Blanca de Beaulieu, El Caballero de Casa-Roja, y un libro escrito ya, y que pronto se publicará.