La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Vergniaud, una de esas figuras dulces, poéticas y simpáticas, que arrastran consigo las revoluciones, era hijo de la fértil Limoges; amable, pausado, afectuoso más bien que apasionado, de familia buena y acomodada, protegido por Turgot, intendente del Limousin, y enviado por él a las aulas de Burdeos, su dicción era menos ruda, menos violenta que la de Mirabeau, y aunque inspirada por los autores griegos y un poco recargada de mitología, era menos prolija, menos jurisperita que la de Barnave. Lo que constituyó la parte viva, influyente de su elocuencia, fue la nota humana que hizo vibrar siempre en la Asamblea; aun en medio de los ardientes y sublimes arranques de la tribuna, se oía salir de su pecho el acento de la naturaleza o de la piedad; jefe de un partido agresivo, violento, disputador, siempre dominó tranquilo y con dignidad la situación, aunque esta fuese mortal; sus enemigos le apellidaban indeciso, sin energía, indolente; preguntábanse a veces dónde se hallaba su alma, ausente al parecer, y tenía razón: su alma no habitaba dentro de él sino cuando hacía un esfuerzo para encadenarla en su pecho; su alma entera se hallaba en una mujer: erraba en los labios, se reflejaba en los ojos, vibraba en el arpa de la buena, de la bella, de la encantadora Candeille.




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