La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Se asegura que, cuando el partido jesuita hizo expulsar a Voltaire, Machault, Argenson, y, en fin, todos los que se llamaban filósofos, debió luchar contra madame de Pompadour. Ahora bien; las tradiciones del regente estaban en esto: sabíase lo que puede el amor paterno cuando se agrega otro; entonces se eligió —advertid, señora, que los jesuitas tienen la mano feliz para esta especie de lecciones— entonces se eligió una hija de rey, y obtúvose de ella que se consagrase a la obra incestuosamente heroica. De esto provino el seductor caballero de quien se ignora el nombre de su padre, como dice Vuestra Majestad, no porque sea oscuro, sino porque se desvanece en la luz.

—¿Conque no creéis, como los Jacobinos y como el señor Robespierre, por ejemplo, que el señor de Narbona salga de la embajada de Suecia?

—Sí tal, señora; pero sale del tocador de la mujer, y no del despacho del esposo. Suponed que el señor de Stael entrase por algo en este asunto, y en este caso se debería suponer que es el marido de su esposa… ¡Oh! Dios mío, no, aquí no hay traición de embajador, señora, sino una debilidad de amantes. No se necesita menos que el amor, ese poderoso, ese eterno seductor, para impulsar a una mujer a poner en manos del astuto y frívolo Cupido la gigantesca espada de la Revolución.

—¿Habláis de la que el señor Isnard dejó en el club de los Jacobinos?


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