La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Gilberto no necesitaba que le excitasen en sus pesquisas, y como le pareció muy largo tomar el camino por donde viniera, corrió directamente a la puerta de la calle de Coq-Héron, abrióla sin el auxilio del portero, y alejóse.
Conservaba en la memoria muy bien el itinerario trazado por Andrea, y siguió las huellas de Sebastián.
Igual que el muchacho, atravesó la plaza del Palais-Royal, recorrió la calle de San Honorato, desierta en aquella hora, pues era cerca de la una de la madrugada y, llegado a la esquina de la calle de la Sourfaliere, tomó la derecha y después la izquierda, y se encontró en el Pasadizo de San Jacinto.
Aquí dio principio a una inspección más detenida de las localidades.
En la tercera puerta de la derecha reconoció, por una claraboya cuadrada, cerrada en cruz por un barrote, la puerta que Andrea había descrito.
La indicación era tan precisa que no podía engañarse, y llamó.
Nadie contestó, pero llamó por segunda vez.
Entonces parecióle que alguien se arrastraba por la escalera, acercándose a él con paso tímido y receloso.
El doctor llamó por tercera vez.
