La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Dumouriez se contuvo, admirado de una firmeza que no creÃa encontrar.
—Señor —dijo—, permitidme llevar la conversación a otro terreno.
—Como queráis —contestó el rey—, pero deseo probar que no me espanta el porvenir que se me quiere hacer temer, y que si le temo, a lo menos estoy preparado.
—Señor —dijo Dumouriez—, a pesar de lo que he tenido el honor de exponer a Vuestra Majestad, ¿debo siempre considerarme como vuestro ministro de Negocios extranjeros?
—SÃ, señor.
—En ese caso traeré para el primer consejo cuatro despachos; pero debo advertir a Vuestra Majestad que serán bien diferentes, por el estilo y los principios, a los de mis predecesores, y que estarán de acuerdo con las circunstancias. Si este primer trabajo merece la aprobación del rey, continuaré; de otro modo, tendré siempre dispuesto mi equipaje para ir a serviros en la frontera. Por más que hayan exagerado a Vuestra Majestad mis talentos diplomáticos —añadió Dumouriez—, la guerra es mi verdadero elemento y el objeto de mis estudios y trabajos durante treinta y seis años.
En seguida se inclinó para retirarse.