La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Leedlos.
Dumouriez volvió a mirar hacia la cortina, y por el movimiento de esta conoció que alguien escuchaba.
Sin embargo, empezó a leer los despachos con voz serena.
El ministro hablaba en nombre del rey, pero en el sentido de la Constitución; sin amenaza, pero sin debilidad.
Discutía los verdaderos intereses de cada potencia relativos a la revolución francesa.
Como todos los gobiernos se quejaban de los folletos de los Jacobinos, achacaba esas despreciables injurias a la libertad de la prensa, cuyo brillo hace resaltar muchas impurezas, pero al mismo tiempo madurar ricas mies.
En fin, el ministro pedía la paz, pero sin debilidad y en nombre de una nación libre, cuyo representante hereditario era el rey.
Este escuchó el contenido de aquellos escritos con la mayor atención.
—Ciertamente, general, hasta el día no he oído nada que se parezca a eso.
—¡Ah! —dijo Cahier de Gerville—, de ese modo deben los ministros hablar y escribir siempre en nombre de los reyes.
—Pues bien; dadme esos despachos —dijo el rey—, mañana se mandarán a su destino.